¿Estamos formando DISCÍPULOS o reuniendo CONSUMIDORES?

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Jacko Oscanoa

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15 agosto 2026

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¿Estamos formando DISCÍPULOS o reuniendo CONSUMIDORES?

Tiempo de lectura: 4 minutos

Las multitudes emocionan. Tienen esa capacidad de generar una adrenalina inmediata. El discipulado, en cambio, es sumamente lento.

Quizás por eso, en la cultura de lo inmediato y lo medible, muchas iglesias y liderazgos prefieren consciente o inconscientemente las multitudes.

Los grandes números tienen ventajas innegables para el ego personal o institucional: son visibles, se pueden fotografiar para las redes sociales, se pueden contar en los reportes de crecimiento mensual y generan una energía contagiosa. Hacen que cualquier líder respire aliviado y sienta que, finalmente, “algo está funcionando”.

Seamos honestos: los números son lindos. A todos nos apasiona ver el crecimiento y la expansión. Sin embargo, el éxito de una congregación no debería medirse por la cantidad de personas que llenan las sillas un domingo, sino por la calidad de las vidas que se transforman el resto de la semana. El verdadero desafío no es acumular asistentes; es tener BUENOS NÚMEROS DE DISCÍPULOS.

Y es ahí donde la dinámica cambia por completo.

La belleza de lo lento

El discipulado real es un trabajo de orfebrería, artesanal y a menudo invisible. No tiene filtros de color ni encaja en el formato rápido de un video viral. El discipulado real se parece mucho a:

  • Enseñar a orar a quien no sabe ni por dónde empezar, balbuceando las primeras palabras.
  • Caminar de la mano de alguien que tropieza, fracasa y vuelve a levantarse otra vez.
  • Sostener el peso de una familia en su temporada más oscura de sufrimiento y pérdida.
  • Corregir con gracia: corregir con la firmeza de la verdad, pero sin aplastar el corazón de la persona.
  • Sostener la verdad incómoda cuando el público preferiría solo escuchar lo que les agrada antes de escuchar lo que ellos verdaderamente necesitan.

Ese trabajo no es glamoroso. No genera aplausos rápidos ni reacciones en masa. Pero es, rigurosamente, el único trabajo que Jesús nos encomendó.

El filtro de Jesús

Jesús mismo lidió con las multitudes y la tentación de los grandes números. En el Evangelio de Juan, tras presenciar cómo una enorme multitud lo seguía entusiasmada, no se dejó deslumbrar por el éxito de su convocatoria. Al contrario, se dio la vuelta, los miró de frente y los confrontó con una honestidad cortante:

«Ustedes me buscan no porque han visto señales, sino porque comieron de los panes y se saciaron» (Juan 6:26).

Él sabía distinguir perfectamente entre una multitud que solo buscaba consumir un beneficio rápido y un puñado de personas dispuestas a dejarse transformar la vida por completo.

La pregunta incómoda

Todo el tiempo la Iglesia de Cristo se hace esta pregunta: “¿Cómo hacemos para que venga más gente?”.

No es una mala pregunta. Pero es una pregunta superficial.

La verdadera pregunta. Aquella que tiene el poder de incomodar nuestras estructuras y sacudir nuestra comodidad es mucho más profunda:

¿Qué estamos formando en las personas que ya están aquí?

Porque si la gente asiste, se emociona, llena el templo y consume el programa del domingo, pero su carácter, su mente  y su amor por el prójimo nunca crecen... no estamos cumpliendo la Gran Comisión.

Si no hay transformación, no hemos hecho discípulos. Solo hemos aprendido a reunir consumidores.

Jacko Oscanoa

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